Blog

Tres Pies al Gato / Reseñas  / Tiempos nuevos
211101 Basa

Tiempos nuevos

 “Hay lugares donde uno se queda, y lugares que quedan en uno”, decía Marcel Proust…

Imaginen un escenario rural, boscoso, alejado del mundo civilizado, un lugar apartado, aislado en la naturaleza, en ese país vaciado (y ya termino con las terminaciones en “ado”) donde no llegan ni los convencionalismos, un lugar, el caserío familiar, que huele, sobre todo, a conjugación de pretérito imperfecto. Es justo ahí, en ese paréntesis de los mapas, donde Miren Amuriza ubica la historia de Sabina, protagonista de Basa, un lugar donde ella reina por encima de todas las vicisitudes y de todos los inconvenientes que la vida le ha venido enredando en las pantorrillas para que no pueda caminar con firmeza.

No hay mejor adjetivo para nombrarla que el propio título de la novela: Basa, o sea, “salvaje” en euskera, asilvestrada, ajena a las normas básicas de la convivencia. Un personaje que ve enemigos y no oportunidades, que ve obstáculos y trampas en vez de cariño, y noche cerrada a plena luz del día. La autora construye un personaje a base de golpes y exabruptos, un personaje rudo, con una fuerza natural tremenda, arrollador desde las primeras páginas. Un personaje que se te clava en la conciencia y que va a invadir tu recuerdo incluso cuando no te acuerdes ya de dónde colocaste el libro en tu biblioteca. Un personaje racial, primitivo, tierno a su peculiar manera y con reglas propias. Ahora lo llamarían outsider, cuando en castellano existe la más precisa y preciosa expresión de “verso libre”.

A su alrededor, Amuriza nos presenta a su familia: sus tres hijos como tres mundos a veces lejanos, a veces protectores; su cuñado, impedido y más una rémora que una compañía, y a quien le une la promesa de cuidarlo que le hizo a su marido; sus animales (sus auténticos aliados) y los vecinos (de quienes sospecha que sólo se dedican a espiarla). Un completo plantel con el que se ve obligada a convivir muy a su pesar.

El caserío es un personaje más. No es un hogar, es una fortaleza, un lugar en el mundo, el único lugar en el mundo más allá de las obligadas visitas a la iglesia o al ambulatorio. El caserío es una piel de la que no puede ni quiere escapar, es su propia piel. “¿Para qué voy a ir al hogar del jubilado? ¿Para tener más funerales de compromiso?”, dice Henry, el cuñado de Sabina cuando se ciñe sobre él la amenaza de tener que abandonar la guarida.

El libro destila tristeza y verdad a partes iguales. Y lo digo como algo absolutamente meritorio. Sus páginas parecen paredes enfermas de humedades. Y el tan mentado y manoseado matriarcado vasco se convierte aquí en una bomba de relojería con la cuenta atrás oculta. Nada más lejano a la imagen de la madre protectora, guía y organizadora. La madre, esta madre, Sabina, no quiere controlar el mundo, ese mundo. La madre no quiere cobijar bajo sus alas a su descendencia. La madre no se fía de nadie y quiere ser libre en su propia cárcel. Y es ahí donde el lector se ve abocado a reflexionar sobre la condición humana, sobre los roles preestablecidos, sobre su ser y estar en el mundo. No es un espejo grato en el que mirarse. Pero es, mucho más recomendable, absolutamente necesario.

Basa no plantea simples preguntas. Más bien, te somete a un duro interrogatorio a partir de un personaje entero y extremo, dolido y seguramente defraudado, un personaje que se encierra en sí mismo y rehúye desconfiado de las manos que le quieren ayudar a transitar por sus últimos años de vida.

Basa, o sea, Sabina, es un personaje llamado a perdurar. Y la causante de que eso vaya a suceder, una autora a tener muy en cuenta. Tras su currículum de laureada bertsolari (en euskera, improvisadora de versos recitados o cantados, al modo de los repentistas) aparece ya una sólida novelista con voz propia. Golpe a golpe. Y, si no, al tiempo…

Basa (Consonni, 2021) | Miren Amuriza | Traducción de Miren Agur Meabe | 136 pags. | 16,90€

0 Comentarios

Deja un comentario