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los llanos federico falco

El tiempo del duelo

Los psicólogos expertos en rupturas de pareja dicen que hay cinco fases del duelo amoroso: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Y aseguran que el tiempo es el gran aliado para superar la pérdida de un amor. Ya lo decía Cervantes: “Confía en el tiempo que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades”.

En “Los llanos“, Finalista del Premio Herralde de Novela 2020, asistimos como espectadores a estas etapas del derrumbe del protagonista que, tras la ruptura con su pareja, Ciro, emprende la huida de la ciudad al campo, en una especie de autoexilio, con la idea de escribir, pero sobre todo de construir un huerto. Sí, construir, como una metáfora de la reconstrucción de una identidad rota y una relación hecha añicos.

A través de una estructura fragmentada, como lo es la memoria, a ratos lírica, a ratos contemplativa, a ratos reflexiva, nos adentramos en el dolor y la soledad del protagonista que recuerda su infancia, las historias que le contaba su abuela, su llegada a la ciudad como estudiante, el comienzo de la relación con Ciro y la ruptura que es el eje central de la historia.

Ahora que se lleva tanto el mindfulness, es decir, estar presente, prestar atención plena, Federico Falco nos recuerda la importancia de pararse y mirar el paisaje. Como una colección de fotografías de larga exposición a la llanura, los personajes van entrando y saliendo de escena sin otra razón que ver pasar la vida. Porque la vida sigue a pesar de todo y después del invierno llega siempre el verano. “Los llanos” nos muestra que los detalles del presente se narran con frases sin verbos, rápidas y entrecortadas como si tirara maíz a las gallinas o arrancara malas hierbas.

La novela está regada de frases de otros/as autores/as que sirven como excusa para reflexionar sobre la escritura y la creación. Como también hace con gran maestría Luis Landero en su última novela El huerto de Emerson”. Parece que lo de cuidar de un terrenito con lechugas y tomates está de moda. Quién sabe si acabaremos así con la España vacía (o vaciada).

Lo que está claro es que plantar, regar, fumigar, abonar, transplantar y recoger la cosecha son actividades que nos vienen un poco a contramano a los que vivimos en ciudades. Y quizá hemos perdido ese sentimiento de arraigo, del latín ad- ‘a, hacia’ y radicāre, que el protagonista de “Los llanos” define a la perfección: “Atarse a algo. A una huerta, un bosque, una planta, una palabra. Atarse a algo que tenga raíz, anudarse para no perderse en el viento que sopla sobre la pampa y la llama”.

Echar raíces supone también una vuelta a los orígenes y una recuperación del tiempo perdido. El acelere de la vida cotidiana no nos permite pararnos a reflexionar, a recordar, a crear, porque todo es acción y movimiento: “En la ciudad se pierde la noción de las horas del día, del paso del tiempo. En el campo es imposible”.

Con un estilo sutil y bello, el narrador se cuenta a sí mismo en un intento de encontrar un significado a lo que le ha ocurrido. Pero sin llegar a ninguna conclusión ni formular respuestas, porque, en definitiva, ¿quién las necesita? Lo importante es el momento presente: el vuelo de un insecto, una hoja que cae, la tormenta que se acerca, el olor de la granja de cerdos…Y el proceso mágico, así nos parece a los de ciudad, de poner una semilla en tierra y que se convierta en un árbol. A lo mejor todo consiste en sentarse a ver crecer los rábanos. Ahí puede estar el verdadero sentido de la vida.

Los llanos (Anagrama, 2020) | Federico Falco | 240 pags. | 18,90€

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