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ayer agota kristof

Nunca tuve un árbol de Navidad

No puedo olvidar el calor de los últimos días de verano

ni los llantos sin esperanza de los bosques bajo la lluvia.

¿Dónde encontrar los descampados de la infancia? Mañana, ayer, ¿qué significan esas palabras? Las estaciones han perdido su significado. Solo existe el presente.

Cabría preguntarse si es necesario recomendar buen estado de ánimo previo a quien se trate de acercarse a la lectura de esta novela de Agota Kristof, que podría calificarse de desoladora. No será el estadista que suscribe esta reseña el que niegue que para leer esta extraordinaria obra que firma la escritora de origen húngaro sea preciso al menos no estar recorriendo oscuros senderos vitales. Sin embargo, no por ello, también entiende que tras la desesperanza que transmite el libro, y la autora en muchas de las entrevistas que pueden encontrarse en el ciberespacio, se esconde una gran literatura y, sobre todo, un testimonio duro, extraordinariamente duro de lo que significa huir de la tierra en la que se nació, escapar a los descampados de la infancia.

Hablar de desolación o de desesperanza a la hora de calificar Ayer no es más que hacerlo desde un punto de vista. Un punto de vista un tanto burgués en el que se unen la fortuna, y a veces la docilidad hacia el poder, de no haber tenido que salir por patas de ningún sitio, ese mirar hacia otro lado que es práctica favorita de tantos de nosotros. Y también, y perdonen tanta subordinada, de aunar una mirada piadosa, paternalista y superficialmente conmovedora hacia quienes han tenido que tomar la decisión de abandonar la única tierra de promisión que existe, y que no es otra que aquella que nos vio crecer mientras aún no éramos conscientes de la existencia del mal.

Existe otro punto de vista para quien suscribe, y quizás también para otros lectores que se acerquen a esta novela corta y que porten su particular mochila de vivencias. En la mía quiero pensar, al menos me repito una y otra vez esto a modo de mantra, en Ayer hay, de forma consciente o no en la autora, un grito, un reclamo de respeto, de reverencia hacia el dolor del migrante a la fuerza, valga la redundancia, un dolor que solo desaparece con la muerte y que muchos buscan en una muerte anticipada para poder aliviar el sufrimiento.

En Ayer, Agota Kristof utiliza muchos elementos autobiográficos. La huida de Hungría a Suiza tras el fracaso de la revolución de 1956 contra el régimen comunista, su trabajo durante un par de años en una fábrica de relojes, su relación familiar y el permanente sentimiento de no pertenecer a ningún lugar sobrevuelan la historia, como ese pájaro negro que protagoniza parte de los sueños de Sándor Lester, el personaje que narra la novela.

Para crear el desolador ambiente de la novela, la escritora utiliza frases cortas directas, casi telegráficas, al que contribuyen las imágenes del viento, la lluvia o las nubes negras que escondían monstruos. Nada que ver con un ayer más bello, de música en los árboles, el viento en su pelo o el sol sobre las manos tendidas, por mucho que al escribirlos los pensamientos se transformen, se deformen y al final se vuelvan falsos, y todo por culpa de las palabras. Es un lenguaje preciso, quirúrgico, ausente de adjetivos, despojado de todo lo que no sean verbos y sustantivos, como le decía su jefe a Hemingway que había que escribir.

Lean este libro, léanlo al menos dos veces, con lápiz y bolígrafo. Y salgan después a la calle y contribuyan con sus actos a dignificar esas vidas rotas sin remedio con las que nos cruzamos en los parques, junto a las contenedores de basura o tras el pañal de papá o mamá. Tengan o no ahora un árbol de Navidad.

Ayer (Libros del Asteroide, 2021) | Agota Kristof (traducción de Ana Herrera)| Novela | 112 páginas| 16,95 € |

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