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220429 La propiedad del paraiso

Que eso sí se dice, que eso sí se hace, que eso sí se toca

Confiesa en sus memorias Juan Cruz (el periodista, no el director de cine ni el zapatero de mi pueblo) que en sus entrevistas en profundidad invariablemente comenzaba preguntando por la infancia del entrevistado. De esa manera, decía, éste entraba en una zona de confort, amable, se relajaba y se colocaba, sin ser consciente de ello, en una posición de confianza y seguridad ideal para afrontar el resto de la entrevista y poder sonsacarle algunas declaraciones que, de otro modo, quizás se hubieran encontrado con la barrera de la prudencia y, en consecuencia, del silencio. Por su parte, también refiriéndose a la infancia, Antonie de Saint-Exupery dejó escrito que todas las personas mayores “fueron al principio niños, aunque pocas de ellas lo recuerdan”.

Cuando Felipe Benítez Reyes publicó por primera vez La propiedad del paraíso, en 1995, contaba con una biobibliografía compuesta por varios libros de poesía, de ensayo y de narrativa. No parece que la escritura de esta novela fuese una manera de abrirse al mundo desde esa zona de confort que mencionábamos antes y mostrar su pulso literario dado que, a esas alturas, ya era un nombre consolidado en el mundo de las letras en castellano.

Quizás su opción se incline más por la teoría del autor de El principito y lo que pretendió fue intentar que el olvido no se apoderara de la parte más preciada de su biografía, aquella en que los más estrambóticos sueños son perfectamente materializables una tarde de verano cualquiera.

En el caso que nos ocupa, pues, la infancia es territorio de la memoria, pero también de la fábula, de la ensoñación, del deseo. El tiempo la desdibuja hasta convertir muchas vivencias en meras ilusiones, almacenando recuerdos en el desván del olvido, quizás para siempre. Da la sensación de que la infancia es universal, y que Benítez Reyes nos está contando la nuestra, como ese Duende al que hace referencia en más de una ocasión y que se dedica, entre otras cosas, a robarle objetos o a cambiarlos de sitio. ¿A quién no le ha ocurrido? ¿Quién no ha sospechado de ese duende seguramente escondido en el armario? Es como si el autor nos hubiera robado recuerdos y ahora los recopilara en una especie de biografía colectiva y a la vez particular de cada uno de sus lectores, disimulada, coloreada, adornada y mejorada por el pulso firme del contador de historias y del poeta, capaz de encajar en un endecasílabo una emoción incontrolable, un puñado de dudas sin aparente respuesta, un verano en casa de los abuelos o un viaje en coche y en familia a la capital.

En las sucesivas fotografías que componen el álbum de infancia del autor, los olores riman con el secreto, la imaginación con la amistad, el quiero con el claro que puedo, el pudor con la irreverencia y los entresijos del circo ambulante con los escalofríos de un amor con fecha de caducidad.

Así, la voz del niño se mezcla con la del narrador, con la del poeta, para convertir en sueños cumplidos los recuerdos a medias, para hacer de la memoria un género literario que va mucho más allá de la autobiografía, para dotar de colores y matices el negro sobre blanco del manuscrito.

Llega un momento en que uno tiende a sospechar que el poeta adulto sólo ha vivido su infancia para poder escribirla después. No tanto al modo del nerudiano “Confieso que he vivido” como al del sabiniano “Viví para cantarlo”, aunque luego lo niegue todo, incluso la verdad. Y es que nunca hay que fiarse ni de los cantautores ni de los poetas de la experiencia, mucho menos cuando estos comparten confidencias, paseos y vasos medio llenos.

Dicho lo cual, uno termina de leer la novela como tal y, lejos de darla por acabada, se encuentra con un epílogo, fechado en la actualidad, treinta y siete años después de la publicación del texto original, en el que, sin desvelarles lo concreto del contenido, cuenta las vicisitudes por las que pasó el manuscrito. Y lo hace con la sinceridad, la ironía y el estilo desacomplejado de quien lo está contando en la presentación en una librería con poca asistencia de público, valga la redundancia, y, por tanto, proclive al chascarrillo y a la confidencia. Un gozoso texto que viene a complementar o, incluso, a responder al exquisito prólogo que en su día firmó José Manuel Caballero Bonald, convirtiendo ambos en un curioso diálogo en el que uno supone y el otro desdice o viceversa.

Por último, además del regalo de una serie de originales collages marca de la casa a los que tanto se ha aficionado el autor, éste ha querido hacer una selección de poemas ya publicados con anterioridad y que abordan el tema de ese paraíso que es la infancia, del recuerdo, de la añoranza…

“Las noches de verano de mi infancia

son un tiempo inmortal que muere en mí.

Yo le cavo esta fosa. Y esculpo este epitafio”

Palabra de poeta. Palabra de un adulto que sí recuerda que, al principio, fue niño.

La propiedad del paraíso (El Paseo Editorial, 2022) | Felipe Benítez Reyes | 144 pags. | 17,95€

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