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Tres Pies al Gato / El arte de escribir  / UNA HISTORIA QUE CONTAR
Manuel Machuca. Una historia que contar. Escritores. Agencia Literaria. Tres Pies al gato

UNA HISTORIA QUE CONTAR

“Soy alguien que ha llegado hasta aquí escribiendo toda la vida, buscando saber algo sobre sí mismo y que cada vez se desconoce más gracias a la literatura”. (Enrique Vila-Matas).

“Escribir una novela implica la narración excepcional de una historia, más que la narración de una historia excepcional”. (Silvia Adela Kohan).

Dice el escritor brasileño Jorge Amado en su novela Los viejos marineros, que la verdad está en el fondo de un pozo, y que era nuestro deber, el de todos, buscar la verdad en cada hecho, hundirnos en la oscuridad del pozo hasta encontrar la luz divina. Escribir es una forma de encontrar la verdad, un libro es un encuentro entre la verdad del escritor y la del lector, y por ello el proceso de escritura nos debe llevar a ella, a buscarla, a pesar de que la verdad sea una presa imposible de alcanzar, por mutante y escurridiza. Escribir es un viaje profundo al interior de nosotros, es sumergirnos en ese pozo oscuro que está en nuestro interior en busca de la luz. Debemos escribir sobre lo que nos importa, aunque la historia aparentemente no nos incumba. Debemos ser honestos con nosotros mismos a la hora de escribir, porque sólo de esa forma encontraremos la luz, a pesar de que no lleguemos a encontrarla hasta mucho tiempo después de finalizar la historia, con mucha frecuencia, hasta el encuentro con el lector.

Escribir debe ser un acto de honestidad con uno mismo que nunca deben romper ni el deseo de éxito ni pretensiones comerciales. Escribir es humanizar y humanizarnos, es no tener miedo a viajar a través de nuestro pozo. Por eso la historia nos tiene que importar, no tanto en el tema que trata sino por cómo lo trata. Porque a veces ni siquiera somos conscientes sobre qué estamos escribiendo en realidad.

En mi primera novela, Aquel viernes de julio, desarrollo la historia del enamoramiento de un joven de la burguesía sevillana por una gitana durante los primeros meses de la Guerra Civil española. Si bien intento tratar los sucesos de aquellos luctuosos días de la Sevilla de 1936, mucho tiempo después de publicarlo me di cuenta de que en realidad, el libro trataba sobre los delgados hilos que sustentan la amistad. A pesar de que podría considerarse esta obra como una novela sobre la guerra, en su pozo más profundo había una historia sobre la fragilidad de la amistad. Como autor debo reconocer que de manera inconsciente, a través de la ficción y de una historia recreada en una época que no viví, bajé al pozo de mis preocupaciones vitales para buscar el sentido de la amistad, que era lo que me importaba. Y mi yo escritor, a través de una novela que podría considerarse del género histórico, se hizo mucho más comprensivo en sus relaciones personales con quienes le rodean y encontró esto en su pozo.

En El guacamayo rojo pretendía indagar sobre la extraña e impactante relación que tuve de niño con una tía lejana del Brasil, a la que de adulto busqué durante muchos años hasta lograr encontrarla ya muy mayor. Y gracias a la ficción no sólo encontré la respuesta a esa búsqueda, esta vez consciente, sino que aparecieron ante mí los verdaderos causantes de dicho impacto: mis abuelos maternos. Uno me ensanchó el mundo enseñándome geografía y la otra hizo lo propio a través de la literatura. Una saga familiar me hizo apreciar a mi familia y a ser consciente de la deuda que mantengo con ellos.

En resumen, debemos escribir sobre lo que nos importe, aunque esto que nos importa no sea lo que aparentemente mueva la trama. Ahí estará nuestro aprendizaje.

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